Lo construiste tú. Cada decisión importante de los últimos años pasó por tu cabeza, y por eso el negocio funciona. También por eso no logras soltarlo.
Te tomas una semana y todo se frena. Tu mano derecha te devuelve los problemas en vez de resolverlos. Tu equipo te cuenta lo que quieres oír. Y al final del día, el único que decide de verdad sigues siendo tú.
Tu gente sirve. Lo que pasa es que el negocio creció hasta el límite de un solo cerebro: el tuyo. Y ese límite ya se nota en todo.


