Te acuerdas del día. Te llamaron a la oficina, te felicitaron y te entregaron el equipo que ayer era tuyo de igual a igual. Llegaste a tu casa con la noticia y la sensación de que por fin lo habías logrado.
Tres semanas después trabajas más horas que nunca. Repites instrucciones que nadie termina de seguir, pospones una conversación que sabes que tienes que tener, y por dentro aparece una voz incómoda: ¿y si se dan cuenta de que no sé bien lo que estoy haciendo?
Que te cueste no te hace mal jefe. Te ascendieron por ser el mejor ejecutando, y el cargo te pide lo contrario: dejar de hacer para empezar a dirigir. Ese manual nunca te lo dieron.


